Las elecciones estatales de 1996 además de suponer la llegada de Aznar al Gobierno de España implicaron el comienzo de una falsa renovación en el PSOE, acelerada tras la última derrota electoral de Felipe González y por un importante número de escandalos de corrupción que estaban atacando a este partido durante los años anteriores (GAL, Filesa, AVE de Sevilla…). Un partido político que había caído en el descrédito ciudadano y que veía como sus antiguos votantes habían dejado de confiar en su modelo y capacidad política. Felipe González, tras 22 años, parecía abandonar el poder, cerrar un ciclo y abrir paso a nuevos modos de hacer.
Y sin embargo, a pesar de una derrota electoral sin paliativos, a pesar de la corrupción, a pesar de la pérdida de confianza social, este político impuso la hoja de ruta de la renovación de su partido. Apoyado en el aparato del PSOE, planteó unas primarias preparadas para que su ahijado Joaquín Almunia (hoy, comisario europeo) tomara el partido. Primarias que, inesperadamente y en base al apoyo popular, ganó Borrell, amparado en las ansias de renovación de la militancia del PSOE. A partir de entonces, Borrell, que desafiaba la sucesión pactada entre Almunia y González, se convirtió en objeto de agresión por el aparato del partido. González parecía haber abandonado la política y, sin embargo, el felipismo no había muerto. La historia, por supuesto, es por todos conocida. Borrell renunció a ser el candidato del PSOE en esas elecciones, lugar que ocupó el designado sucesor por el aparato felipista. El resultado, el obvio y esperado, los peores resultados de la historia del PSOE y un clamor por una renovación real que apartara al felipismo del control de este partido. El epílogo, la llegada de Zapatero, un político que planteaba cambios ideológicos (liberalismo político y económico, avance federal en la estructura del Estado…) y orgánicos.
Si observamos al PP, la salida de Aznar, cumpliendo su promesa de estar sólo 8 años en la presidencia del Gobierno del Estado (pero llevando otros 10 en la presidencia del PP), marcaba la designación de un sucesor que habría de continuar la obra del gran líder y que carecería de margen de movimiento para salirse del camino marcado por éste. Esa imposibilidad de avanzar ideológicamente ha sido precisamente la losa que ha cargado Rajoy durante estos 4 años, haciendole volver a perder las elecciones. Más allá, la única salida que podría volver a hacer avanzar electoralmente a su partido sería el emprender una verdadera renovación real (de personas, pero sobre todo ideológica, rompiendo con los planteamientos del aznarismo). Un perfil de nuevos dirigentes, alejados de Aznar, que replanteara la política que ha de seguir la derecha conservadora en el Estado. No obstante, el aznarismo, tiene una nueva salida. Intentar recuperar el poder prestado que había cedido 4 años atrás a un líder títere (solución que a todo “gran líder” de un partido político se le ha pasado por la cabeza). Pero eso sólo ahondaría la falta de credibilidad (para los votantes de la derecha española) de esa apuesta política.
Y es que resulta ser una táctica habitual que los “grandes líderes” que dirigen los partidos políticos durante largas temporadas de tiempo busquen continuar su mandato en la sombra con la elección de su sucesor y con la delimitación de la agenda política que ha de llevar ese partido en el futuro. Esta táctica sólo elimina las posibilidades de renovación de ese partido y, por tanto, de recuperación de la credibilidad social que les había hecho en otros momentos merecedores de buenos resultados electorales.
La consecuencia, malos resultados electorales, malos resultados sociales, pero la pervivencia de un aparato político que necesita auto-reproducirse y la satisfacción de la vanidad de los grandes líderes que han empezado a pensar en clave de intereses personales en vez de en clave de partido.
Cada un@ podrá extrapolarlo a donde quiera. La designación de Artur Mas por Pujol se saldó con las 2 primeras elecciones perdidas por su partido, el paso de Anguita a Frutos fue igual de traumático…
Por otra parte, una renovación real y creíble de un partido político, puede suponer su relanzamiento social y la recuperación de la sintonía con sus votantes y militantes. Ayudaría a eliminar los vicios que la institucionalización y la endogamia suele generar en casi todas las fuerzas políticas.
Y es que, ¿alguien duda de que el biel-ismo terminará cuando deje de ser candidato por el PAR?
¿Alguien piensa que el bernalismo ha finalizado en CHA?
Por favor, ¡dixen pasar!